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Siguiendo las huellas de los huaqueros

Emanuela Canghiari

La suma anual de los crímenes del comercio ilegal del arte se mide actualmente en billiony el saqueo de los sitios arqueológicos en América Latina es considerado una industria creciente, posicionándose en el segundo lugar después del tráfico de drogas. Este fenómeno es muy complejo y engloba diversos estratos socio-culutrales.

El trabajo de investigación antropológica que estoy conduciendo, como parte del Proyecto Raimondi, propone un estudio de la huaquería en el departamento de Ancash. Para tales efectos, se determinó seguir el recorrido del huaco (vaso) desde su lugar de hallazgo – en nuestro caso la sierra de Ancash en los Andes nor-centrales del Perú – pasando por su lugar de venta –generalmente la costa peruana y Lima– para llegar, así, hasta las colecciones privadas o museales.

El interés por este tema nació en 2004, cuando formé parte por primera vez en el Proyecto Raimondi, al interior del grupo de arqueólogos. Tratándose esencialmente de un trabajo de prospección tuve la oportunidad de participar en las exploraciones y de conocer, con  mis propios pasos, la “geografía sagrada”de la zona. Nuestros guías peruanos tenían un conocimiento bastante profundo del territorio y de las ruinas. Cabe resaltar, además, el aspecto ritual en lo que refiere a las ruinas pues ellos dejaban ofrendas a los antepasados y rezaban en silencio ya que eran los primeros en  haber llegado con la esperanza de encontrar oro o cerámica: ellos eran huaqueros.

Al año siguiente (julio y agosto 2005) regresé al Perú para una práctica etnográfica que se concentró en los rituales y la tradición oral que conciernen a los lugares sagrados a partir de la perspectiva del huaquero, el saqueador de tumbas prehispánicas. Ya que la huaquería es una actividad ilegal, la negociación de mi lugar en el campo fue un proceso muy lento y complicado. Sin embargo, un detalle que me sorprendió fue ver que los huaqueros son bastante conocidos al interior de las comunidades. Esto es debido a que los campesinos vigilan a quienes se acercan a las ruinas, puesto que ir a molestar a los awilitos (los antepasados míticos) – que para la concepción de los andinos siguen habitando las ruinas – sin respetar una praxis ritual puede ser muy peligroso. Por un lado, en vista que la persona misma puede contraer alguna enfermedad (hemos examinado en particular el mal campo, el wari y el susto) y por otro, que toda la comunidad pueda verse afectada con la infertilidad de la tierra y de los animales; los huaqueros – a fin de evitar estos daños – cumplen una serie de rituales en las ruinas para ganar la confianza del awilito. “El awilito se ha vuelto venado y el venado me ha llevado al sitio”. A veces, es el antepasado mismo que aparece en sueños o en la forma de un animal y conduce al huaquero a las ruinas prehispánicas. El camino es a menudo largo y está caracterizado por estrategias para conquistar la montaña, para que se vuelva “mansa”y para dominar su encanto. Las diferentes fases rituales están marcadas por el uso de tres elementos claves en la cultura andina: las hojas de coca, el tabaco y el alcohol, que son utilizados con diversas funciones: la predicción, la protección y la ofrenda.

De esta primera práctica de campo etnográfico se pudo concluir, en suma, el carácter performativo y trasformativo del ritual puesto en acto durante la huaqueria, que permite un cambio de status social compartir un saber especializado. El huaquero juega un papel ambivalente: es al mismo tiempo destructor y conservador. Por un lado elimina datos importantes para la investigación arqueológica y destruye el patrimonio histórico de su país, pero por otro lado, es considerado por la comunidad un especialista en la perpetuación de la memoria oral de su pueblo.

Pudiendo participar en cada fase de esta actividad, tomé conciencia que la huaquería tiene un significado cultural para los que participan en el ritual. Como prueba de ello, muchos huaqueros no venden los huacos que encuentran, sino los guardan en sus casas como un signo de prestigio social y porque se sienten partícipes de una relación privilegiada con el awilito que los dejó acceder al corazón de la montaña donando su huaco. Se sostiene además, que la humildad y el “buen corazón” son las características principales que se deben poseer para tener éxito en la búsqueda de los huacos, por eso hay también ciertas reglas que se deben respetar, como por ejemplo, ir a huaquear con ropa vieja y rota o donar siempre una ofrenda de comida dulce, coca, tabaco y alcohol a la tierra.

Hay también  momentos especiales para ir a huaquear, aunque hoy en día los huaqueros van, sobretodo, los fines de semana cuando no tienen que trabajar. Los días especiales suelen ser los días  de los muertos – porque se cree que en estos días los muertos salgan de sus tumbas y las dejen libres para comer la comida que sus familias les dejan en la mesa – o el primero de mayo – cuando los entierros de los antepasados “prenden”, gracias a procesos químicos, y se pueden ubicar fácilmente.

Si en el 2005 se analizó sobretodo la figura del huaquero, a nivel cultural, social y ritual; la última investigación, en agosto y septiembre 2007, se focalizó con mayor atención en la biografía del objeto: el huaco. En su recorrido, el huaco toma distintos significados y se carga de valores simbólicos y económicos muy diferentes. El arte y las imagines que evoca, las formas en las que son utilizadas, apropiadas y “consumadas” constituyen una serie de ambivalencias y valores culturales. Resulta, de una primera y parcial interpretación de los datos, que el huaco es utilizado como obsequio por parte de un amigo o un familiar, medio de trueque e intercambio de favores y de servicios. Además es muy fácil encontrar en las casas no solamente huacos perteneciente a la zona (sobre todo de época Recuay y Huaraz) sino también huacos de la costa. El huaco es considerado entonces, como un símbolo de identidad y representa una tradición compartida y reconocida a nivel nacional. Paralelamente estoy trabajando también en el análisis de dos actividades que están  implícitamente relacionadas con la huaquería: la caza y la mineria. El huaco, como el venado o los minerales, es considerado un don de la Pachamama, y las tres actividades tienen entonces un “aparato” ritual muy parecido y una relación bastante estrecha entre lo simbólico y el económico.

 

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